16 El espíritu ignorante en la erraticidad

  Los espíritus que separados de la materia que tomaron en la Tierra no han podido atravesar la atmósfera que la circunda, son ignorantes, y podemos compararlos, respecto a sus relaciones con los materiales, con ciegos, pues ellos no conocen nada sino por el lenguaje espiritual.

Sólo pueden ascender, en el espacio, hasta el grado que alcanzaron por su cumplimiento con la Ley; están siempre entre nosotros, pero ninguna facultad les conceden nuestros guías protectores; solo cuando nuestras materias descansan juegan con ellos lo mismo que el niño cuando, en ausencia del verdadero dueño, coge los enseres de algún arte u oficio. Así hacen los espíritus ignorantes salidos de la turbación, pues quieren ser como los elevados: obra de ellos son las sacudidas que a veces sentimos al despertar repentinamente. Al niño que se le sorprende “infraganti” se asusta y procura huir para no ser castigado, de la misma manera huye el espíritu juguetón cuando el propio llega de sus excursiones y como muchas veces deja precipitadamente la materia da las mencionadas sacudidas, no así cuando la deja pausadamente, que es cuando la materia conserva varios recuerdos de algo.

   Obedecen a los materiales cuando los llamamos por medio de invocación si el espíritu del material es más elevado que ellos (aunque sea forzadamente), pero no obedecen siempre si ellos son más elevados.

   Al dejar la materia quedan tan turbados que de nada se dan cuenta. Cuando ha pasado en parte la turbación creen estar aún en las mismas ocupaciones materiales que cuando encarnados, prefiriendo el trabajo que más les agradó. Ha habido militares que al llamarlos nos han amenazado con la espada, por haberlos distraído de las maniobras que según ellos estaban dirigiendo. Jefe de Administración que en materia nos había tratado con cariño nos contestó de este modo: ¿Por qué me distraes?, ¿no ves que estoy trabajando? ¿Te opones a que tenga trabajo adelantado? ¿De cuándo tan mal educado? Vete, déjame, no estoy para ti. Mas habiéndole suplicado que me entendiera me replicó: Grande debe ser tu apuro cuando me interrumpes tanto; habla ¿qué quieres? Entonces habiéndole hecho presente su situación se quedó pensativo, le aconsejé que meditara y pronto comprendió su verdadero estado, y dando gracias por la caridad que se le había hecho nos aconsejó que siguiéramos nuestra obra en beneficio de los verdaderos pobres que son los espíritus ignorantes.

   Hemos encontrado al que fue asesino, que huía de la justicia material, pero cogido, según él, por los que había asesinado, padecía horriblemente por no poder escapar ni poder coger el puñal que tenía a la vista para defenderse de ellos. Otros que, habiéndose suicidado, se sentían los padecimientos de la agonía, más de los que, en su creencia, eran suficientes para el suicidio que cometieron. ¿Qué mayor infierno puede caber a un espíritu, ni qué mayor caridad puede el hombre practicar que sacar a aquel hermano de tal situación? Hallamos otros desesperados por no poderse vengar de los materiales, de los cuales no pudieron hacerlo estando en materia y tramaban planes para conseguirlo… ¡Oh!, son tantos los que se hallan en tan triste estado que si tuvieran facultades para obrar sobre los materiales, ¡cuán pocos seríamos los que no sufriríamos los caprichos de los ignorantes! Pero afortunadamente para unos y otros Dios es justo; no dando a ninguno más facultades que las que se gane por sus méritos.

   Hemos hallado a usureros muy afligidos porque los encargados se servían de sus riquezas, así como otros custodiaban los tesoros que ocultaban, sin participar el secreto a nadie, y como los herederos les buscara temían que se los robasen; padeciendo horriblemente cada vez que alguno se aproximaba al lugar del tesoro, y, en fin, hemos comprendido que lo que las religiones nos han designado por Infierno, lo pasa cuando el espíritu ignorante libre sufre las mismas penas que en materia aumentadas aún, pero cuando se les hace ver la situación son dóciles en general. Mas también los hemos hallado que, cuando han reconocido su situación, temerosos de la Justicia Divina tratan de escapar y es menester saberlos entregar bien asegurados para que sus guías puedan llevarlos ante el Regentador para juzgarlos.

   Los que han llegado al grado 12, el cual está en el confín de la atmósfera, sufren mucho porque ven la luz y no la pueden alcanzar; esta clase de espíritus, en general, son dóciles y ellos mismos piden que se les haga caridad; no así los prófugos, que se obstinan tanto que es preciso ponerlos presos y no soltarlos hasta que han firmado el pacto y se halla conforme su Protector, porque dan nombres falsos y son muy astutos.

   Cuando los Espíritus, tanto ignorantes como prófugos, han sido presentados al Regentador, y éste, con su amor y justicia les ha sentenciado, los conducen al mundo de Espíritus, en donde están detenidos hasta que los encarnados hayan preparado las materias (con la procreación) a las cuales ellos deben emigrar. Su estancia allí es para estudiar y comprender la encomienda: no padecen, pero tampoco gozan, pues saben que son sentenciados y esto les envilece más cuanto más elevados son, porque comprenden mejor la falta.