10 Mensaje 3-C

  Ha llegado el tiempo en que el ser humano tome conciencia del por qué de las diferencias sociales y de los dispares sufrimientos, cuando todos tenemos una misma procedencia que es Dios. Buscad su origen y causa. Si como punto de creación se admite que todos los hombres son hermanos, entonces, ¿cuál es el motivo de esa desigualdad? os preguntaréis. Siendo el Padre la Esencia de Justicia no puede hacer diferencias.

  Investigue el hombre la causa de que unos sucumban en una misma tragedia y otros no. ¿Creéis acaso que todo ello es fruto de la casualidad? No existe ésta, hermanos míos; existen diversas causas, como diverso es el comportamiento, y luego el efecto que no se puede evitar. A pesar de vuestro arrepentimiento y del deseo de no reincidir en hacer daño, el que ya habéis hecho tiene su causa y no se puede eludir por ser Dios Justicia infinita. Por eso, a menudo hallaréis hermanos que a pesar de su moralidad y rectitud en su vida tienen contrariedades más o menos dolorosas, que algunos no aceptan como justas y se revelan, sin pensar que es una causa pendiente y justo pago de cuanto anteriormente hicieron. Le cuesta mucho al hombre aceptar que en otra vida antes de la presente haya cometido delitos por los cuales vino aquí desterrado. Medita, pues, cuál fue el motivo de serlo si Dios es Justo y Bueno. Si la muerte acontece a tan diversas edades poniendo el hombre todos los medios para evitarlo ¿cuál es el motivo?

  Hay en algunos hombres el concepto de un Dios llamémosle acomodaticio, que sirva de punto de apoyo en ciertos momentos de la vida, y relegándole seguidamente al olvido. Solo algunos sienten la necesidad de acercarse a lo Divino, a pesar de no saber con certeza cómo se mueve ese gran engranaje que hace girar en torno a SUS Leyes todo el Universo, y ahí radica la causa de que no se pueda detener lo que tanto asusta. Hay que comprender dichas Leyes para poder aceptarlas, y a pesar de que sean costosas, acatarlas como cosa propia; la ignorancia, sin embargo, hace tropezar una y otra vez sin acabar de entenderlas.

  No obstante, hay que saber en todo punto, ya sea material o espiritual, por qué se cree y qué es lo que se cree, y dónde está el punto de apoyo de su creencia. Es importante ser diligente y no dejarse engañar por uno mismo. Procurad ver las cosas como realmente son, poniendo ante los ojos un cristal claro para verlas con su propio color. Al definir un hecho se ha de opinar sin pasión y sin rencor si se desea ver con claridad, porque lo que uno considera justo para otro puede que no lo sea: todo depende del color del cristal que ponga a su comprensión o pasión.

  A pesar de lo sencillas y vulgares que tal vez encuentres estas enseñanzas, el Padre desea que todos sus hijos las conozcan y comprendan; por ello las pone al alcance de todos, aún de las mentes más obtusas. Y si eres un intelectual, no las desprecies por tal motivo, estúdialas, no sea que el desprecio te lo hagas a ti mismo y otro día vengas a ser lo que hoy llamas un pobre hombre, con un corto saber espiritual.

  Meditad antes de dar vuestra opinión, no tan solo por vosotros sino porque arrastráis a otros con vuestras opiniones y también ello tiene una causa, de la que habréis de responder después de este presente. Muchos se mueven en un ambiente parco en el saber, y en lugar de aplicarlo por medio del estudio y cumplimiento, a veces se aferran a un solo tema, cuando hay mucho para hallar la verdad. Es preferible hacer al principio de las cosas un examen de «conciencia», para que esta dicte con más acierto dónde está la razón. ¡Cuánto habla «ésta», aun callando, y cómo se la comprende cuando se hace un poco de pausa! Esta es la base para captar una imagen real y hallar la verdad en su punto exacto, y razonar con más acierto, no la que se forja con vuestro deseo. Es un tanto delicado el saber qué es lo real, y qué es lo figurativo. Por ello os prevengo que cuando entréis en discusión, lo hagáis desprendidos del deseo de poseer la razón y así podréis ver con más claridad donde está la verdad.

  ¿Sabe algo el humano de lo que duda, teme y desprecia? Si materialmente sólo es permitido deliberar y juzgar después de examinada y comprendida una causa, ¿qué ocurriría si antes de conocer la causa los jueces materiales dictaran sentencia? Por eso estudian una carrera los que a tal puesto aspiran y aun han de ser conocedores de lo que pretenden con éxito defender. ¿Y qué decir de cuantos temas con respecto al conocimiento del alma existen, si los juzga quien los desconoce? Qué os parece, hermanos míos, ¿podrá defender bien y aplicar un veredicto justo tal juez? Cuando sentencian injustamente a un individuo que apreciáis, ¿os agrada?, ¿lo halláis justo? Yo os digo que no. Así como en la vida material faltan esos conocimientos, con respecto a lo espiritual tampoco hay que juzgar a la ligera y a gusto de cada cual, sino despacio. Antes de dar una opinión, hay que comprender, para así poder deliberar con justicia.

  El Padre pone al alcance de todos cuanto puedan necesitar. Y el que ha sido dotado de una inteligencia superior, que no se enorgullezca de ello y mucho menos se burle de otro hermano que no la posea. No hay que amilanarse por «la duda» de cuanto expongo, pues el que tiene fe en el Creador «la vencerá», y comprenderá que es de EL de quien hablo y de Su creación como son también sus hijos.